El mayor espectáculo del mundo

La peluquera tarda dos minutos más de lo normal en lavarle la cabeza a una mujer hastiada. Aunque le sudan las manos dentro de los guantes de látex sigue masajeando los rizos teñidos mientras escucha el lamento repetido. El marido ausente, los hijos adolescentes, los padres envejecidos. A ella no le pasará. Ella y su Juanan volarán, como cada noche, siempre en su León tuneado.

El traumatólogo rezonga que está harto de abuelitos con artrosis. Acaba de entrar otro y otra vez  a hacer el trabajo  sucio que deberían hacer esos ignorantes firmarrecetas. Hablando de recetas, hoy está inspirado y sonríe malicioso pensando que a este le va a recetar Poesya, aunque digan los listillos que no sirve para nada. ¿Dónde irá a cenar el jueves?

La manceba de la farmacia suspira y mira al techo mientras el cliente protesta. Esa caja no es la que él conoce, esa otra le sienta mal, la de más allá nunca le llega para el mes. Este trabajo no está bien pagado. Barrer las migas de la comida de otros. Cuando le vuelve a rechazar el pastillero y se va, ella saca del bolsillo de su bata la caja de Lexatín, lo mira como quien mira muy lejos y se lo toma sin agua.

El cura viejo se sienta en el confesionario. Ha dejado al cura joven en la sacristía, leyendo el editorial del periódico. Mira la iglesia vacía y se recuerda saludando, frente a la capilla de San Lamberto, a tantos que ya se han ido. Ya no tiene cola esperando a que les confiese. Nadie le pide consejo. Hoy el consuelo se vende en pantalla plana. Solo cuando alguna anciana le agarra la mano y tiemblan los dos al mismo ritmo un escalofrío de sentido le recorre la espalda.

El guardia firma la denuncia y no puede evitar mirar el ojo amoratado. Siente hervir la sangre y añora los viejos tiempos en los que, relatan los más veteranos, no era impensable ni tomarse la justicia por su mano ni hacer la vista gorda ni invitar a los chorizos a Ducados. Pero esta no es la primera vez ni será la última. Y ni la cerveza ni la careta de cínico profesional son siempre capaces de anestesiar su impotencia.

A mí me han puesto una placa en la puerta con mi nombre y mi profesión. Debería sentirme más importante. y dueño de las cosas. O no.  Debería tener una solución pensada para cada problema pero no la tengo. Así que desconecto mi autoestima cuando dejo atrás la puerta y la placa y soy sólo uno más en esta vida, el mayor espectáculo del mundo.

Put a pistol in your purse
Cause we’re goin to Ghettysburgh
To the stand of the Greatest Show on Earth!


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